Foto de Maxi Amena

“Ese quiere revolcarse”. Martin Tatta señala a un caballo atado a un sauce, que rasca la tierra como un niño empacado. Martín se acerca para acariciarlo, concederle el capricho y, finalmente, desatarlo. El animal hará dos pasos y cumplirá la profecía: se desparramará lomo a tierra y las cuatro patas al cielo, un cascarudo gigante de 500 kilos rascándose el cuero. “¿Viste? Quería rascarse”, dice con una sonrisa pícara, cargada de complicidad. 
Martín es el encantador de caballos, el hombre que amansa y doma a esos animales inmensos sin violencia, que con una simple y profunda mirada logra conectarse para hacer destrezas ecuestres. Es un especialista en la disciplina conocida como doma india (aunque él asegura que sus movimientos son, más bien, un experimento de lo que fue logrando a lo largo de los años), una técnica en la que no se emplea la fuerza, sino todo lo contrario: la doma india consiste en lograr un lazo de confianza entre el domador y el animal. Un caballo y Martín, Martín y un caballo, en una conexión mágica, absolutamente impensada para alguien que no haya recorrido el camino que hizo él: toda una vida caminando a la par de sus animales.
Martín hizo de esta destreza, una suerte de conexión innata que jura tener con los caballos, un medio de vida: cientos de turistas se emocionan al verlo, semana tras semana. “Yo creo que soy un caballo, me siento uno de ellos y soy feliz. Cuando voy a trabajar al campo ni llevo el teléfono, son impagables esos instantes en los que montas en soledad, te desconectás de la vida. No me imagino haciendo otra cosa”, cuenta, e insiste: «Me siento uno más de la tropilla. Me siento un caballo. Me entrego a ellos. Cuando domo me desconecto del mundo, siento que vuelo. Para amansarlos uso la respiración y los acaricio para que aflojen las patas, el cogote y vos ves que el caballo se va entregando. Muchas veces me dan ganas de llorar».
Nacido en San Antonio de Areco y criado en el campo, Martín recorrió el mundo mostrando su arte, en estadios llenos de personas impactadas por destrezas que se forjaron al calor de la llanura pampeana, entre campos, paraísos, asados y paisanada. Dice que si no fuese por los caballos, él no hubiese conocido España, ni Chile, ni México ni Uruguay: “Todo lo que hice fue gracias a ellos”.
Antes de aprender a caminar, ya estaba arriba de un caballo. Cuando tenía seis, el papá le regaló un picaso, de pelaje blanco y negro mezclados en forma irregulares y manchas grandes. Lo nombró Bandera. “Me llevaba y me traía al colegio. Era mi gran compañero», cuenta.

Martín asegura que ya desde entonces sentía una conexión especial con los caballos. Con solo mirarlos él podía descifrar cómo se sentían. Para él era un juego enseñarles trucos, como a un perro se le enseña a dar la pata. Así Martín le enseñaba a Bandera a pararse en dos patas como el corcel del Zorro, que solía ver en la tele. «Mi papá me retaba porque decía que así los caballos se ponía ‘mañeros’, pero a mí me gustaba ver qué cosas podían hacer. Nunca me propuse ser domador, los trucos salían solos. Creo que Dios me hizo así, habrá dicho ´Martín vas a tener que vivir de esto porque no te queda otra´», dice entre risas.
Ya de chiquito sabía que quería vivir en un entorno campestre, rodeado de animales y llevando una vida sencilla en la que su atención cotidiana estuviera fijada, sobre todo, en los caballos. Martín cuenta que solía armar con palitos un corral redondo, la casa y el gallinero. “Es increíble que eso que me imaginaba es lo que me sucede ahora, donde vivo y lo que hago, pude cumplir el sueño de cuando era chico”.
El trabajo de Martín demanda mucha entrega. Para lograr que un caballo sea dócil y que aprenda los trucos de la doma india le puede llevar uno o dos años. De caballos salvajes, hasta lograr un animal manso. “A mí no me gusta domar un caballo que lo haya domado otro. Solo domo para mi. Tampoco vendo los caballos ya domados, se genera un afecto como si fuese un perro, cuando te encariñás con uno después no lo querés vender. Muchos vienen a pedirme que les enseñe la técnica, ¡pero ni yo sé lo que hago! ¿Cómo querés que les enseñe?”, dice Martín mientras se ríe y abre bien grande los ojos, hasta el filo de la boina que le recubre la cabeza.